*Algo es algo - relato * (Fragmento)
(Por razones de espacio, siento no ofrecer el texto completo)
Hasta los lagartos, acostumbrados desde siglos a las incendiarias tardes del verano, se disputaban cualquier refugio bajo las requemadas piedras en aquel veintisiete de febrero. El desierto cercano era un mar ardiente en que naufragaban de cuando en cuando los arrendajos, sofocados en una atmósfera caldeada por un sol de espanto. El acero del coche militar, camuflado de selva y cieno, refulgía evidente en el páramo amarillo y hacía vibrar el aire que lo rodeaba. A pocos metros, dos soldados semidesnudos trataban de conciliar la siesta en hamacas a la sombra de un toldo, junto a una casamata en cuyo interior se abombaban las latas de provisiones, apestaba el gasóleo y medraban arañas y escorpiones. “¡Estoy hasta el carajo de este calor de infierno! Cualquier día tomaré el machete y le cortaré el pescuezo al viejo. ¡No se acaba de morir nunca ese cabrón!”
Dentro de la hacienda, en el pabellón que años atrás había sido aposento de caballerías y garaje de carromatos, Dorotea se afanaba en la pila de lavar, rascando con el cepillo de raíces los cuellos y puños sobados de las camisas del viejo. Los recios muros del galpón, encalados por su cara exterior, devolvían al aire la ardentía y procuraban en el interior una temperatura soportable. La mujer vestía un guardapolvos ligero que contenía apenas sus tetas abundantes, que amenazaban con hacer estallar las abotonaduras. La penumbra entre las paredes de piedra y barro convertía aquella estancia en un oasis contra el que se estrellaba la ferocidad de la media tarde. La radio tocaba una chacarera, amenizada por las pitadas y la algarabía de una docena de pájaros agradecidos por la sombra y la humedad reconfortante del jacal: “Déjenlo a mi corazón / que siga contento y nada más / déjenlo que cante alegre / no quiero que tenga algún pesar …”
No lejos de allí, en el porche sombreado pero no fresco de la sobria mansión, el vaivén de una añosa mecedora sobre el piso de madera producía un monótono tabaleo que, según pensaba el hombre, ahuyentaba el grito de las chicharras cercanas. Desde aquel sitio, además de las resecas montañas temblando a lo lejos, podían divisarse la planicie polvorienta, las rocas erguidas como estatuas en medio del páramo, el camión y la casucha que vigilaban la entrada, la puerta abierta como una herida en el vallado que rodeaba el perímetro de la finca, el sendero de piedra que un día fue camino transitado, el brocal del pozo, el reducido jardín de lirios silvestres, casi único recurso verde en el albero y ceniza del paisaje, el cenador con el emparrado que podía frecuentarse por las noches y ya, cerca de sus pies, los últimos vestigios de un antiguo cuadro de césped, ahora achicharrado por el sol. Mientras contemplaba desde la silla el bamboleante paisaje, el viejo pensó: “Coño, me parece que se me olvidó felicitar al coronel Bermúdez el día de su cumpleaños. Tendré que ponerle un fax a su despacho para mañana por la mañana.”
Los soldados, la mujer y el viejo no podían hacer otras cosas mientras no cayera la tarde, empeñada en eternizarse durante los meses de verano. Nada a su alrededor, en muchos kilómetros a la redonda, mudaría su ocupación actual. Nada ni nadie transitaría a esas horas por la carretera solitaria que unía la hacienda con la población minera más cercana, a hora y media de viaje, a no ser que se tratara de un despacho urgente, que nadie esperaba desde hacía años y que ya muy pocos deseaban. No quedaba otra cosa que esperar.
Como todas las tardes de verano, era a las siete cuando se desatascaban los mecanismos del reloj y la tarde volvía a andar. Las tablas del porche dejaron de crujir, el anciano tomó el bastón que estaba colgado en el alféizar, se abotonó la guerrera, bajó del porche y comenzó a andar por el sendero hacia el puesto de guardia. Media hora antes, los soldados, advertidos por la puntual rutina, habían descolgado de las cuerdas la ropa interior tendida, quitado el polvo del camión, arreglado el interior de la casamata, recogido las colillas y la basura, lustrado sus botas y vestido sus uniformes, listos para el saludo vespertino:
- ¡A sus órdenes, mi general! Sin novedad en el puesto.
- Descansen, soldados.
El viejo caminaba con pasos temblorosos apoyado en su bastón. Realizaba un camino de inspección tan consabido que los soldados podían adivinar cada uno de sus gestos. La casamata, el camión y ellos mismos, éste era el orden de la revista. Preguntaría por el estado de la radio, por la situación de los víveres, por la dotación del botiquín. Inspeccionaría a distancia la letrina plantada a lo lejos. Pasaría el dedo por las aletas del camión, un día la derecha, otro a la izquierda; querría saber si había gasóleo suficiente y si estaban revisados los frenos, las gomas o el nivel de aceite. El cabo le seguía en su recorrido y respondía con rigor militar a las preguntas del general, asegurándole que todo estaba en orden y temiendo que cualquier leve suciedad despertara su ira, no por vetusta menos temida. Hacía tiempo, según contaban anteriores relevos, incluso subía a la cabina del vehículo, pero sus piernas no se lo permitían desde hacía meses, de modo que los últimos turnos empleaban la cabina para almacenar alcohol, revistas pornográficas y quién sabía qué otras cosas. Pero la más exhaustiva de todas era la revisión personal. Ni un botón, ni una trabilla mal ajustada se escapaban a sus diminutos ojos de halcón.
- Soldado, en cuanto llegue al cuartel hágase rasurar la porción de cuello debajo de las orejas. Y átese las botas como es debido, pasando el cordón por todos los ojetes.
- Sí, mi general.
Una vez a la semana, pero eso había ocurrido hacía dos días y no había que temerlo hoy, se revisaban las armas, desde las bayonetas a los fusiles. Sus huesudos dedos sopesaban los puñales y tomaban las armas con acostumbrada pericia. Las cargaba, extraía sus peines, comprobaba la fiabilidad de los seguros o la rapidez de los gatillos. Según contaban, no era raro que el general exigiese a los soldados que dispararan sobre blancos que ellos o él mismo colocaban a cierta distancia. El minúsculo destacamento estaba igualmente advertido acerca de los resultados convenientes de las prácticas de tiro, ni tan erráticos como para propiciar un castigo ni tan certeros como para causar alabanzas. Según se decía, dos soldados bisoños cometieron la imprudencia de gallear su puntería, lo que provocó que el general solicitase la prórroga de su servicio durante tres meses consecutivos. ¡Tres meses seguidos entre el polvo del pedregal! Nadie más volvió a cometer tan grave error. De todos modos, cada dotación de soldados llevaba en el camión tres cajas de balas para los fusiles y dos para las pistolas, con objeto de satisfacer los caprichos del general. Miles de proyectiles, cuando una sola bala hubiera bastado, eso pensaban los soldados menos afectos, para acabar con la locura de vigilar la agonía de un viejo maniático en medio un páramo estéril.
- Me despiertan si hay algún recado importante. ¡Que tengan buena guardia!
- Sí, mi general. Buenas noches, mi general.
Dorotea, vestida ya como convenía a una mujer que sería contemplada por hombres que no eran su marido, había comenzado su tarea en la mansión, después de tender, recoger y planchar la ropa, de limpiar la jaula de los pájaros, de coser dobladillos en viejos vestidos, siempre dispuestos para ser utilizados, estación tras estación. No sólo había abandonado su ligero guardapolvos, sino también las canciones, fuesen milongas, payaderas o boleros, porque nunca habría osado cantar delante del general. Desde que se mudó a la finca, éste había dejado bien claro que no quería radios en su presencia; ni periódicos, ni canciones, ni revistas. Tampoco estaba dispuesto a que se comentaran en su presencia noticias que ella hubiera oído. “Lo que tiene que llegar de fuera”, decía el viejo, “que llegue por los cauces reglamentarios.” Pero a la casa nunca llegaba nada.
La mujer sufría una transformación cuando pasaba desde el galpón a la casa, que ella notaba cada vez más agobiante a medida que se aproximaba a los aposentos del viejo. Sus carnes, que danzaban libres mientras se movía ligera al son de la música cuando hacía cualquier trabajo en su ranchito, adquirían rigidez y severidad en la casa grande, enfundadas ahora en un vestido sobrio y sin el más mínimo adorno. No sólo era esto. También su rostro se transformaba; en ocasiones, cuando se cruzaba ante un espejo se sorprendía por la dureza de su gesto y no reconocía ni el fruncido entrecejo ni la línea recta de sus labios, normalmente alunados y carnosos. Desde hacía semanas, además, era el ánimo el que notaba mudado. Durante los días anteriores no quería siquiera preguntarse por qué, aunque sabía que tarde o temprano eso, lo que fuera, acabaría por reventar, igual que estallaban las tormentas de verano: de repente, sin avisar, sin dar tiempo a protegerse de los goterones de lluvia y polvo que amenazaban con asfixiarlo todo. Esa tarde, esa noche, o a lo más tardar mañana, se decía, se desatarán los truenos. Estaba decidida a todo y tenía bien medidos sus reproches y sus pasos.
Vio aproximarse al viejo por los cristales de la cocina, vacilando con sus huesudas patas entre el menguado jardín de lirios. Una vez más se preguntó qué pensaría ese cadáver ambulante mientras contemplaba las aplanadas hojas, los retorcidos tubérculos, los restos de troncos que habían soportado flores efímeras, violáceas y sin ningún olor apreciable. Ella detestaba el huerto de lirios como pocas cosas, y eso que los suyos eran sentimientos fermentados desde hacía años. En ocasiones pensaba que lo aborrecía tanto sólo porque lo admiraba él, pero se decía que no era por eso. Era por las siluetas de las hojas, afiladas como cuchillos; por el aspecto torvo de las raíces arqueadas; por la inhumanidad de las flores, propias de un camposanto. Resultaba sintomático que las únicas plantas que sobrevivieran durante los meses de verano en muchos kilómetros a la redonda fueran esos lirios, que tapizaban el suelo con sus raíces coriáceas. No había que contar como plantas a los arbustos espinosos, que de cuando en cuando se liberaban de sus ataduras en el suelo y rodaban empujados por el viento, hasta agruparse por centenares en la alambrada del lado sur de la hacienda, donde permanecían enredados durante semanas.
El sol comenzaba a ocultarse por los irregulares picachos, tensando las sombras hasta que se quebraban en el horizonte. La temperatura afuera comenzaba a ser soportable y gradualmente comenzaría a sentirse el frío de la noche. Mientras pelaba unas papas, Dorotea oyó los pasos arrastrados del viejo, dirigiéndose a la umbría estancia en la que el anciano decía tener su despacho. Sin prisas, la mujer acabó la tarea y recogió las peladuras; se lavó en el barreño, se secó las manos en el mandil y fue a la nevera, de donde sacó una jarra. Sirvió en un vaso una limonada, que puso sobre un platillo, y fue hacia el oscurecido gabinete. No quiso detenerse ante el espejo del recibidor por no sobresaltarse una vez más y empujó la puerta sin llamar. Depositó el refresco sobre la mesa.
- Gracias, Dorotea.
Al comienzo, la mujer había sentido lástima del vejestorio, pero eso había sido mucho tiempo atrás. Curiosamente, a medida que se avejentaba y arrugaba, la ancianidad del general provocaba en ella una sensación de desprecio cada vez mayor. Dorotea no se lo explicaba, porque él había despertado su piedad cuando todavía era un déspota y paseaba por la casa dando taconazos con sus botas y gritando órdenes destempladas. Ya en ese momento había superado con creces la edad de jubilación, pero su mirada y su voz eran capaces todavía de paralizar a cualquiera. Ella lo había sentido en muchas ocasiones. Si rudos capitanes y coroneles soportaban dóciles sus impertinencias y atendían con temor sus caprichos, qué no iba a sentir una mujer como ella, deslumbrada por la reputada prepotencia del general y atada a él a través de una promesa que no podía dejar de cumplir.
Ahora, Dorotea lo contemplaba en la penumbra, agachado sobre la hoja de papel, trazando con una caligrafía torpe e infantil algún manuscrito que haría llegar a algún lugar del mundo, como paso previo a su destino a alguna papelera. La papada grande, desbordando el alzacuellos de plástico de la guerrera; las orejas enormes, de lóbulos descomunales, que le temblaban cada vez que se movía; las cejas espesas y blancas como el cabello que no acababa de caerle nunca; el rostro plagado de diminutos cráteres y colinas; el bigote ralo, las manos llenas de pecas irregulares… Todo él resultaba ahora una caricatura de lo que había sido diez, veinte años atrás, cuando era admirado y odiado por las dos mitades en que había conseguido dividir su propio país. Sin embargo, ahora que estaba más solo, achacoso y vencido que nunca, despertaba antes el desprecio que la conmiseración de la mujer.
- Tomaré el almuerzo en el cenador. Coloca con tiempo el fanal de sebo para que ahuyente a los mosquitos.
Sus órdenes eran así, resecas como las raíces de los lirios que solía admirar. Siempre había sido de ese modo, aunque en los primeros años le dictaba sus instrucciones de espaldas, o desde lejos, sin dirigirse a ella. En los últimos meses, sin embargo, miraba a la cara de la mujer como si intentara rescatar el aprecio o la piedad que sabía perdidos. Levantaba los ojos minúsculos sólo unos segundos, al tiempo que pronunciaba las palabras con su voz atiplada, para volver luego a sus fantasmales ocupaciones.
Ella salió del cuarto y fue de nuevo a la cocina, donde picó las papas y comenzó a preparar la cena. Había perdido su juventud, pero no era todavía una mujer mayor. Aunque se sabía gorda, no descuidaba su aspecto, apetecible aún para hombres maduros que, en otras circunstancias, no hubieran dudado bailar con ella un tanguito o celebrar una noche de amores abundantes. Pero todo eso estaba fuera de contexto en ese lugar solitario, helador por las noches y calcinante durante el día, con la única compañía de un general despótico y de dos soldados borrachos.
Como otras veces, Dorotea desplegó toda una batería de instrumentos de cocina para preparar una cena de dos raciones. Utilizó ollas, sartenes, espumaderas, cucharones y un sinfín de platos y pequeños recipientes. Era parte del rito, una justificación de su actividad. Cuanto más manchara, más tendría que fregar y menos desocupada andaría las dos horas siguientes, hasta que pudiera regresar a su chiscón. Y aunque esa noche quizá se decidiera a ello, consideró que no había motivo para variar la rutina. Era mejor andar ocupada si llegaba el momento.
Encerrada un día tras otro en la hacienda, condenada al silencio, resultaba inútil evitar el goteo de los recuerdos. Dorotea había adecentado para su uso la antigua cuadra, que antes aún había sido domicilio familiar, en el que se festejó su nacimiento muchos años atrás. Los suyos habían cuidado caballos semisalvajes de un próspero ranchero que nunca pisó la comarca. De muy niña, Dorotea recordaba la fiebre que corrió por aquellos parajes cuando se extendió la noticia de que bajo las crestas de los montes próximos reptaban caudalosas vetas de cobre. Cientos de desharrapados acudieron por los pagos cercanos, talando los escasos árboles que proporcionaban sombra y retenían el suelo fértil. No tardó en descubrirse que tras la venta de las concesiones estaba el dueño de aquellas montañas, que no ocultaban bajo su costra nada más que roca y polvo. Los estafados mineros desmenuzaron parte de los cerros y dejaron la llanura cubierta de cascotes que el viento y el hielo se encargaron de triturar. Con el tiempo, las lluvias se retiraron y lo que habían sido praderas fértiles se convirtieron en extensiones ralas y polvorientas. Se decía que la mayor cantidad de cobre la habían obtenido los ladrones que se llevaron la línea telegráfica costeada por los andrajosos que soñaban el surgimiento allí de la nueva capital de la provincia.
Poco después, la hacienda se abandonó. Muchos años más tarde, Dorotea y su marido hicieron construir la casa de madera que pensaban habitar cuando él se licenciara del ejército, y en la que pasaron algunas temporadas. El vetusto pabellón quedó relegado a cuadra y garaje. Con las mudanzas de la vida, los planes se desbarataron, la mansión fue ocupada por el viejo y ella se mudó a la casa en que nació. La mujer hacía lo posible por apartar los recuerdos más espinosos de toda esta historia.
Dorotea prendió la luz de la cocina, una bombilla débil y amarillenta que apenas permitía distinguir los ingredientes sobre la mesa de madera. No había habido corriente eléctrica en la hacienda hasta la llegada del general, y a ella apenas le importaba que la luz artificial fuese débil, de no ser porque era una muestra más de la mezquindad del viejo. Había conseguido que a aquél lugar olvidado llegaran líneas de corriente y telefónica, con el único propósito de alimentar un ordenador personal, un teléfono y fax con los que se creía vinculado al mundo exterior. Cuando hacía años los encargados de la instalación le consultaron acerca de los aparatos convenientes para mantener una estancia cómoda, aparatos de aire acondicionado, tomas para ventiladores, cocinas, termos y congeladores, él despachó a los consultores con cajas destempladas, gritando que sólo quería lo imprescindible para realizar su trabajo. Pese a que se desentendió de esos asuntos, se aseguró de que las tomas de corriente fueran las mínimas y que las bombillas fuesen de escasa potencia. “Dios nos ha dado el día para hacer en ese tiempo todo lo necesario. Durante la noche sólo trabajan los asesinos y quienes deben eliminarlos”, fue su comentario a los funcionarios encargados de organizar su retiro, algunos de ellos militares de alta graduación.
Nada más preparar la cena, Dorotea fue a por la lámpara, la cargó con el rancio aceite de vicuña y salió afuera, a preparar el cenador. El general acostumbraba a hacer su única comida del día a esas horas, quizá el único momento en que la temperatura era soportable, cuando las piedras comenzaban a devolver el calor acumulado y el aire empezaba a refrescar el ambiente. La mujer recogió con un cepillo la liviana maleza del suelo, pasó un paño húmedo por la mesa, colocó las siete sillas y colgó de un gancho el fanal que debería ahuyentar a los mosquitos que a esas horas abandonaban sus recónditas guaridas para alimentarse de la sangre de los pocos seres vivos de los alrededores. Dorotea estaba a salvo de ellos. Había nacido y crecido en uno de los escasos pueblos de la zona y solía bromear diciendo que de niña ya había entregado más sangre de la que cabía en su cuerpo y que los chupadores habían llegado a un pacto con ella. Ahora ya no bromeaba, ni con ésa ni con otras cosas.
(...)
separap(separa). separa—
