Arena5

La arena ardía bajo sus pies, protegidos solo con unas zapatillas militares de deporte que habían perdido hacía tiempo los cordones. Se dirigió con pereza a la parte posterior de la casamata, quizá el único lugar sombreado en muchos kilómetros a la redonda, y escarbó en el suelo buscando un lugar menos candente. Se sentó, apoyando la corvada espalda en la pared, dejó el fusil en el suelo y dirigió una mirada a su alrededor.

No veía más que arena y sol, arena que quemaba los pies y sol que abrasaba la piel, pero la guardia era soportable, porque no soplaba el viento. Cuando el aire caliente se ponía en movimiento arrastraba finísimas partículas de arena, casi invisibles, que se introducían por todas las partes del cuerpo. Entonces quemaba no sólo la piel, sino que también ardían la garganta, las fosas nasales y los ojos. Aunque apretara los dientes y cubriera su cara con el pañuelo, la arena entraba por la boca, bajaba hasta el estómago, atravesaba sus intestinos y, al final, volvía al desierto con las heces. Allí no pasaba nunca nada. Él y sus tres compañeros estaban destacados en lo que se suponía un puesto avanzado, que debía otear el horizonte y dar aviso en caso de peligro, mediante la radio, a un lugar alejado que no conocía. Ahora comenzaba su turno de vigilancia de dos horas y su tarea consistía en comprobar precisamente que allí no pasaba nada: que nada se oía, que nada se veía, que nada se olía. Nada salvo el sol, el calor, la soledad y la sed.

Aunque en rigor no debía sentarse, no debía protegerse del sol, no debía hablar ni cantar y no debía pensar en sí mismo, él estaba allí ahora infringiendo todas las normas. Después de muchas semanas de aislamiento y encierro, de no ver nada más que sol y arena, él y sus compañeros esperaban el paso del tiempo, tanto de día como de noche, en las circunstancias más cómodas que pudieron encontrar en aquel infierno. Era preferible, con mucho, la guardia nocturna. No sólo porque la temperatura era más agradable, incluso fría a veces, sino porque de noche se podía mirar el cielo y ver las estrellas, siempre que no hiciera viento, ya que si hacía viento la arena cubría el cielo y entonces era aún peor que de día porque el mundo quedaba reducido a un espacio minúsculo y negro, anegado por el polvo.

La casamata, que apenas llegaba a la altura del pecho del hombre, emergía en el centro de un cráter excavado en la arena del desierto. Sus paredes, pintadas de un amarillo desvaído, se mimetizaban con las dunas cercanas. Desde su techo, un vigilante podía otear un círculo de una amplitud indefinible. Aquella tosca construcción era invisible desde cualquier punto alejado más de veinte metros. Sin embargo, por debajo del agujero crecía hacia el interior de la tierra una sólida construcción de hierro y hormigón, de dos plantas de profundidad, un verdadero oasis en comparación con lo que se podría encontrar fuera del puesto. El cubículo subterráneo era su prisión, pero también el único lugar que les protegía de la muerte, probablemente en muchas millas a la redonda.

Sentado, protegido por una delgada cinta de sombra, jugó con su bayoneta con los pequeños montículos de polvo que había a sus pies. En momentos como ese, cuando el aire estaba totalmente quieto, si se miraba con atención se podían ver las minúsculas dunas de arena que se formaban en la pendiente inclinada del cráter. Observando con cuidado podía ver cómo de vez en cuando un grano resbalaba lentamente sobre otros, que a su vez golpeaban a otros colocados más abajo hasta que se desencadenaba una pequeña catástrofe que formaba un pequeño amontonamiento que con el paso del tiempo volvía a desmoronarse. Trató de recordar dónde había visto un fenómeno parecido, y su memoria hurgó y hurgó hasta recordar que allá, en su casa, las gotas de agua de los cristales bajaban también siguiendo un parecido ritmo: despacio, al principio, hasta juntarse con otras gotas y formar un pequeño torrente que se deslizaba luego por el cristal a toda velocidad. El recuerdo de su aldea, de la lluvia y del agua resbalando resecó aún más su boca y aceleró un poco su corazón.

Aparte de ver la arena, poco más sucedía a su alrededor. Muy de vez en cuando, el viento arrastraba algún insecto y lo depositaba en el agujero. A él le gustaban las guardias en las que sucedía algo así. Si el insecto era terrestre, se podía ver cómo se arrastraba por los montículos de arena intentando trepar, hasta que de repente su propio peso o una ligera inestabilidad le hacían caer. Otras veces sucedía que el bicho trataba de enterrarse, pero él entonces hurgaba en la arena, con el dedo, con la punta de la bayoneta o con el cañón del fusil para hacerlo aparecer de nuevo. Si el insecto era volador, la diversión estaba igualmente asegurada porque el problema se reducía a capturarle y cortarle las alas para que sólo pudiera andar o trepar. Estos acontecimientos eran raros pero cuando ocurrían hacían que el tiempo pareciera acortarse, y él había aprendido a dilatar la agonía de los pequeños bichos que trataban de escapar para que le entretuvieran el resto de su guardia y el par de horas parecieran sólo una. Había aprendido dos cosas importantes de sus observaciones: la primera, que todos los bichos trataban de escapar del agujero ya que su irracionalidad les hacía suponer que fuera les iría mejor que allí; la segunda, que todos, o casi todos, morían en el empeño, y que los pocos que se salvaban lo hacían por la mediación de los seres humanos que allí se encontraban. Ocasionalmente, algún afortunado era recogido en un bolsillo y trasladado al frescor oscuro del subterráneo, donde recibía algo de humedad y alguna partícula de alimento, suficiente para subsistir. Ahora no había insectos para entretenerse pero al menos tampoco soplaba el viento.

Las tormentas del desierto daban un trabajo adicional al de sobrevivir: retirar después la arena que caía en el agujero y que a veces bloqueaba la puerta de salida. Este trabajo estaba generalmente reservado para la noche, cuando el calor no agobiaba. A veces, en el frescor nocturno incluso resultaba agradable hacer ejercicio. Contraviniendo una norma más, que obligaba a que uno de ellos al menos estuviera siempre pendiente de la radio, los cuatro salían por la noche a hacer ejercicio y echar arena fuera del hoyo. Siempre quedaba tiempo para charlar, cantar o recordar en voz alta los jirones de su vida anterior, con tal que no fueran muy dolorosos.

Había pensado siempre que el desierto era silencioso y resultó una sorpresa comprobar que no era así. En los primeros días de estancia en el refugio, cuando el ruido de los camiones que los transportaron se esfumó de su memoria, cada vez que salía al exterior sentía una sensación opresiva. Pensó al comienzo que se trataba de un horror a aquel espacio abierto, a la soledad y al calor; tardó varios días en comprobar que su desazón estaba causada por un imparable rumor, un murmullo casi inaudible pero siempre presente, debido a la suma de infinitesimales ruidos causados por incontables granos de roca desplazándose unos sobre otros. Pasados unos días, después de descubrir la causa del incesante susurro, sus oídos se acostumbraron y la identificación del estorbo contribuyó a apaciguar su opresión. Con el tiempo, el rumor se convirtió en silencio. Más tarde, consiguió acomodarse a todo: al blanco del cielo, al tostado de la arena, al calor, a la sed, y todo fue menos terrible.

Por la extensión de la sombra de la casamata pudo deducir que no era aún tiempo de oración. En ese momento no había nada que le distrajera, ni siquiera su propio pensamiento. Se incorporó y trepó al techo del cobertizo, desde el que oteó el horizonte. A lo lejos, el calor del aire desdibujaba la frontera entre el suelo y el cielo y parecía poner en movimiento los aplanados bordes del mar de arena; pero el movimiento era sólo una ilusión. Sabía que nada se movería por allí, que estaba solo en la inmensidad del desierto. El sol era redondo, blanco y grande y calentaba sin piedad las paredes de cemento, cristal y acero que estaban a sus pies. Saltó de nuevo a la sombra.

Con el salto, llenó de arena el viejo kalasnikof. Ni siquiera se molestó en limpiarlo; después de todo, el fusil no tenía balas. Salía con él porque así lo obligaba la ordenanza, pero no ponía el cargador. Uno de sus compañeros, el más viejo del grupo, contó que tiempo atrás observó cómo un cargador colocado en el suelo estallaba espontáneamente, quizá recalentado por el abrasador sol del desierto, y que las balas y la metralla causaron graves heridas a varios soldados que se encontraban cerca. Fuese cierto o no, recomendó guardar la munición en el interior de la casamata; los otros, precavidos, le hicieron caso. Él pensaba, además, que era un peso inútil ya que allí nunca pasaba nada y, aunque pasara, ¿qué se podía hacer con un fusil? Caminó un rato por el estrecho sendero de arena apelmazada que rodeaba el edificio, hasta que de nuevo el calor le llevó a lo que cada vez era una más reducida franja de sombra. Allí, sentado, se entretuvo en observar la arena. Conocía ya de memoria la variedad de granos, pequeños, grandes, claros, oscuros, traslúcidos, rosados, grises… Podía reproducir, sin mirar, las pequeñas cataratas de granos precipitándose por la pared… Incluso podía imaginar los diminutos sonidos de unas partículas chocando contra otras… Todo lo que había que percibir en aquel lugar estaba ya visto e imaginado una y mil veces. Sólo sus poemas le salvaban del aburrimiento. Tomó la bayoneta y, sobre el suelo, comenzó a trazar en la bella caligrafía árabe los primeros versos de un antiguo poema de Ibn Zaidun:

No alegre mi prisión a mis enemigos:

yo he visto tras las nubes guarecerse el sol;

soy como sable afilado en la vaina,

como león en la selva,

como águila en el nido,

como esencia escondida, guardada en el pomo.

Aunque le desagradaba el peso de la mortífera arma, los movimientos del puñal en su muñeca eran elegantes y sencillos. Cada línea de cada verso, a veces cada palabra, trazada con la punta de la bayoneta, era inmediatamente alisada con la hoja, hasta dejar una superficie plana en la que de nuevo escribía un verso o una palabra, que otra vez borraba, hasta componer el poema completo. Él, Hilal Nayi, antes de llegar allí era profesor de literatura en un pequeño instituto de Saykur. La guerra, si es que aquello era la guerra, había cortado su vida y le había trasladado a un lugar que no sabía siguiera imaginar en el mapa. Podía intuir que era al sur, por el tremendo calor que reinaba, pero debía reconocer que bien pudiera estar al norte, o al este, o al oeste. Poco importaba, ya que no sabía de qué lado podía venir el peligro. El único lugar que revestía interés era la alqibla, el punto del horizonte marcado para la oración, pero ese era fácil de reconocer. Lo único que él había podido traer de su pasado eran sus recuerdos y, entre ellos, muchos poemas de la literatura árabe, desde las mu´allaqat preislámicas hasta los cantos revolucionarios de Tawfiq Zayyad.

(...)

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