Índice:

  1. Un chico enfadado

  2. Una gallina aterrorizada

  3. Dos gatos desesperantes

  4. Un cuervo cargante

  5. Un lobo filósofo

  6. Tres chivas chivatas

  7. Un bosque agitado

  8. Un investigador misterioso

  9. Una conversación delirante

  10. Un montón de recuerdos

  11. Una noticia alucinante

  12. Un invitado inusual

  13. Unos espectadores morbosos

  14. Una deliciosa sopa de gato

  15. Unas canciones campestres

  16. Un bocado merecido

  17. Una despedida con moraleja



Capítulo 1.

Un chico enfadado

La casa en que comienza esta historia estaba medio envuelta en las sombras de árboles cercanos. Eran las ocho de la tarde en el bosque.

La mujer que faenaba en la cocina de esa casa dio una voz para llamar a su hijo:

–¡Aleeeeex…!

La madre tuvo que gritar un par de veces antes de que su hijo diese señales de vida.

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El chico se asomó con desgana y preguntó desde la escalera:

–¿Qué, mamá…?

–Hijo, va a anochecer y tu hermana aún no ha vuelto. Coge la bici y ve a avisarla porque tu padre está a punto de venir y estoy acabando de preparar la cena.

–Pero ahora, ¿dónde está?

–En casa de la abuela. Como sigue mal de la tripa, pedí a Erre que la llevara una cesta con yogures, queso y miel. Seguro que se han entretenido hablando y no se han dado cuenta de la hora que es.

–¡Pero mamá…! Siempre me toca estar pendiente de ella. Ayer, igual… Tuve que ir a buscarla porque estaba pescando renacuajos en el río.

–Ya sé, hijo, pero no tardas nada. Mira, ya que vas, lleva esta revista a la abuela. Y no te olvides de preguntarle cómo está.

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El chico tomó la revista y se la metió por la cintura del pantalón protegiendo su tripa, pues hacía algo de frío y sabía que el papel le resguardaría del aire fresco.

Salió de casa bufando, agarró la bici que estaba apoyada en un árbol, subió a ella y comenzó a pedalear en dirección a casa de la abuela.

¡Estaba harto de su hermana!

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Tras cruzar el puente tomó por un sendero que transcurría entre pinos y carrascos. Oyó un silbido:

–¡Fii-ui-uíii..!

El chico apretó a fondo los frenos de la bici, que derrapó en el camino de tierra. Miró a su alrededor esperando encontrar a algún amigo, pero vio a Lobo descansando sobre un suelo cubierto de helechos.

No quería entretenerse, así que puso de nuevo el pie en el pedal, al tiempo de oír cómo Lobo le preguntaba:

–¿Dónde vas, Alejandrito?

–Lo siento, pero tengo prisa. Ya hablaremos otro día.

–Siempre con prisa… Los chicos de hoy no tenéis un rato para mantener una tranquila conversación.

–No, no tengo tiempo. Otra vez será.

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Lobo murmuró: “¡Vaya…!” mientras vio cómo el muchacho se perdía por el sendero, dejando atrás una nube de polvo. Le habría gustado jugar con él, corriendo tras la bici, pero se sintió a gusto descansando en esa cama verde y mullida, aprovechando los últimos rayos del sol.

Se adormiló después de eructar un par de veces. A mediodía había comido demasiado y sentía una digestión algo pesada.

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A medida que se acercaba a la casa de la abuela, Alejandro se sintió más enfadado. ¡Con todo lo que tenía que hacer, perdía el tiempo ocupándose de buscar a esa hermana distraída y cabezota…!

Pedaleó con furia, imaginando algún escarmiento que hiciera espabilar a esa mema de una vez por todas. ¡Un día de estos, le iba a dar una lección de lo más merecida!

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El chico hizo sonar varias veces el timbre de la bici al entrar en el claro del bosque en que se alzaba la casa. Las gallinas que correteaban por allí agitaron torpes sus alas dando cortos vuelos de gallina y siguieron paseando algo más lejos, orgullosas y altivas. Alex dejó su bici apoyada en el tronco de un fresno y se dirigió rápido hacia la entrada.

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Sintió un silencio inusual. Se dio cuenta de que ni el viejo Argos había salido a recibirle ni la bici de su hermana estaba donde solía dejarla, junto al poste que sostenía el buzón de correos.

¿Sería posible que la chica estuviese volviendo a casa por el camino del molino? Si fuera así, habría hecho el viaje en vano.

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Fue hacia el porche, subió las escaleras y anunció su llegada:

–¡Abuela…!

La puerta estaba abierta, así que Alex supuso que la anciana andaría dentro, quizá acostada. Pasó al salón y dejó la revista sobre una mesita. Echó un rápido vistazo a la cocina, se asomó a la habitación y golpeó con los nudillos la puerta del baño. Nadie respondió.

“¡Vaya! ¿Dónde se habrá metido?”, murmuró el chico.

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La abuela llevaba dos días mal de la tripa, así que se suponía que la pobre mujer debía estar en la cama o, por lo menos, en el sofá.

Pero la abuela no estaba en el sofá ni en la cama. Ni en la cocina, ni en el baño, ni en la habitación de los trastos, como Alex pudo comprobar. Salió de nuevo al porche y gritó bien fuerte: “¡Abuelaaaaaaa…!”

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Silencio. Nada. Ni rastro de la abuela ni de su hermana.

Alex caminó hacia la trasera de la casa, donde estaba el huerto, y abrió la portezuela del corral. Una cabra le recibió con un balido de buenas tardes y tres cabritillas se dirigieron hacia él. Le habría gustado preguntar a estos animales, pero mamá cabra llamó a sus hijas y las cuatro fueron hacia el interior.

Mientras cerraba la puerta con el pestillo de alambre, oyó un lejano “Paac…” Y luego otro. Y otro…

Eran, claramente, disparos de escopeta.



Capítulo 2.

Una gallina aterrorizada

¡Disparos! Alex sabía que a esas horas los cazadores no solían andar disparando. Los sonidos venían de la montaña, cargados de ecos, pero no pudo precisar más. Ni muy cerca ni demasiado lejos.

Comenzó a ponerse nervioso y caminó de nuevo hacia la casa. Hasta las gallinas parecían extrañamente silenciosas y huidizas.

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Aunque había poca luz y los árboles proyectaban sombras largas y oscuras, el chico vio en el suelo del porche unas manchas, pequeñas gotas que iban desde la entrada hacia la habitación de la abuela.

Se agachó y tocó una con el dedo. Se dijo sorprendido:

–¡Cáspita! Parece sangre…

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“Decididamente”, concluyó Alex mirando su dedo manchado y acercándoselo a la nariz, “esto es sangre”.

Caminó con el corazón agitado hasta la habitación de la abuela, siguiendo el recorrido de las gotas. No eran dos, ni diez, ni veinte. Era un auténtico reguero, al menos mil, que al final se concentraban en un charquito a la cabecera de la cama, junto al armario ropero cuya puerta estaba abierta.

Y, además, ¡la sangre manchaba las sábanas, cerca de la almohada, al lado de donde solía dormir la abuela!

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Cualquiera, incluso con poca imaginación, puede estremecerse ante la idea de unas sábanas enrojecidas y un reguero de sangre en una casa apartada en el bosque, con una abuela y una hermana desaparecidas. Y eso le pasó a Alex, que tenía mucha imaginación: se estremeció.

Dio marcha atrás, salió del cuarto de la abuela, atravesó el salón y al pasar por la cocina vio junto a la ventana una cesta tapada con un paño. Supuso que contenía los yogures, la miel y el queso que su madre había enviado a la abuela y que le había llevado su hermana…

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Eso significaba que Erre había estado allí, lo que no era nada tranquilizador, puesto que ahora no estaba.

Su imaginación se desbordó: ¿Sería sangre de la abuela? ¿Por qué había desaparecido su hermana? ¿Habrían envenenado a Argos? ¿El asaltante se habría llevado la bici de Erre después de cometer su crimen? ¿Estaría el asesino aún por los alrededores…?

No se le ocurría otra cosa que huir, aunque pareciese una cobardía; debía salir corriendo de allí, avisar a la policía, a los forenses… Pero antes de tomar su bicicleta, gritó:

–¡¿Alguien me puede explicar lo que ha sucedido aquí?!

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Las gallinas, que se mantenían a distancia, agrupadas como si en grupo fueran más capaces de defenderse de algún peligro, se giraron y se le quedaron mirando unos instantes.

Una de ellas, que tenía un ala de color negro que contrastaba con su plumaje blanco, dio un par de pasos hacia el chico y cacareó:

–Ptac, ptac… Ha sido una desgracia… Ptac, ¡una terrible desgracia!

Y, dando media vuelta, volvió hacia donde estaban sus congéneres, que corrieron asustadas hacia la trasera de la casa para subirse a los palos de su gallinero, como si allí pudieran estar a salvo de las amenazas que acechan a los animales en el bosque.

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El chico fue al corral. Las gallinas se hacían las dormidas en los palos, con la cabeza bajo el ala. La cabra, en pie, temblaba mientras protegía a sus tres cabritillas. Preguntó enfadado:

–¿Queréis decirme qué ha pasado?

Los animales permanecieron en silencio, mientras la mula cabeceó contra un travesaño de la cerca en que estaba encerrada.

¡No podía perder el tiempo con esos animales obstinados!

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Alex tomó su bici. A la entrada del camino dio tal giro al manillar que estuvo a punto de caer; torció por el camino más largo, el que pasaba por el molino. Le pareció que si su hermana había escapado, debía haberlo hecho por un sendero distinto al que había seguido al venir.

¿Qué habría sido de su abuela? ¿De qué terrible desgracia hablarían las gallinas? El escenario era como el de un asesinato.

Pedaleó y pedaleó, con la sensación de que la noche crecía y le perseguía hasta convertirse en un monstruo que le arañaba la espalda.

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Alex fue mirando a un lado y a otro del camino, pero no encontró a su hermana, ni rastro de su bicicleta.

Tenía la esperanza de que Erre hubiese escapado del escenario del crimen y le hubiera dado tiempo a avisar a sus padres.

Aunque también podría haber ido al pueblo; ella era imprevisible.

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Al llegar cerca de su casa, sintió una vaga aprensión. Su padre no parecía haber llegado, porque no estaba allí su furgoneta. Y se repetía esa sensación de extraña quietud que envolvía la casa de la abuela.

Se apeó con una peligrosa cabriola y dejó la bici en el suelo. Entró corriendo hasta la cocina, cuya luz estaba encendida. Gritó:

–¡Mamá, mamá…! Erre ha desapareci…

Allí no había nadie. Vio verduras cortadas sobre la tabla de picar, una cazuela que parecía haber sido retirada con prisa del fogón, un delantal tirado en el suelo, unos huevos fuera de la nevera, mondas de patata asomando por los bordes del cubo de la basura…

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Pero, ¿qué estaba sucediendo…?